














Montclar de Berga fue un pueblo próspero a lo largo del siglo XVII. El núcleo del pueblo fue un lugar muy concurrido ya que pasaba el camino ral que unía las comarcas del Berguedà y el Solsonès. El pueblo estuvo muchos años, sin apenas alterar su estructura, ya que las edificaciones posteriores al año 1700 podrían ser contadas con los dedos de la mano. “Más tarde vino el trazado y la construcción de las carreteras modernas; por ellas empezaron a circular los vehículos a motor en sustituciónde los viejos carros, y Montclar, quedó aislado. Desviadas las rutas que por allí pasaban, el pueblo se vio olvidado. Poco a poco sus gentes fueron emigrando a otras zonas, de manera especial hasta la ribera del Llobregat, donde las industrias textiles absorbían cuanta mano de obra se presentaba. Y así en Montclar empezaron a cerrarse casas que más tarde se convirtieron en ruinas. Unas se desmoronaron de puro viejas, otras fueron derrumbadas adrede a fin de aprovechar tejas, vigas, puertas y ventanas en otras edificaciones fuera del lugar. Montclar quedó convertido en un montón de ruinas alrededor de su iglesia románica, asimismo, cerrada. Así llegamos al momento presente y de las 25 casas existentes en lo que podríamos llamar casco urbano sólo una sigue habitada de forma continuada y otra sólo en algunas épocas del año. Montclar es un pueblo triste, silencioso, sin vida.” Joan Ballarà, 1965. El año 1964 un grupo de excursionistas pasan por el pueblo y se enamoran, a partir de aquí compraron las casas , y las restauraron sin perder su encanto, con la idea de destinarlas a segunda residencia, principalmente durante los meses de verano. También arreglaron el entorno, haciendo grandes jardines. “El llamado “Grup d’Amics de Montclar”, en el espacio de unos catorce meses lleva ya reconstruidas dos casas que se remontan al siglo XVII, a las que han devuelto su estructura original.” Picas Pons, La Vanguardia, 7 de noviembre del 1965. En fin, la culminación de cuarenta años de esfuerzos han dado un resultado, alabado y agradecido por todos, que huye del pintoresquismo fácil pero también de una modernización uniformadora que podría destruir todo el encanto actual. En Cataluña ya hemos dañado tantos pueblos, con núcleos antiguos cargados de historia y de tipismo, que ahora hay que hacer un esfuerzo para defender los pocos que quedan. Aún ahora, el núcleo de Montclar sigue siendo un pueblo de segundas residencias, y sólo cuatro de las veinte y cinco casas que forman el pueblo siguen dando calor a este pueblo encantador.
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